Existen unos 42.000 aeropuertos y aeródromos en el mundo, más o menos masificados, y algunos, vacíos. La superficie del mayor, el de Dammam, en Arabia Saudí, es de 776 kms cuadrados, más de un millón de campos de fútbol. Nada vivo crece ni se mueve en un millón de campos de fútbol. Se desconoce la superficie global de espacio usurpado a los animales y plantas para que se realicen los 30 millones de vuelos anuales del tráfico aéreo mundial, que mueven a 4500 millones de personas, pero todos ellos fueron construidos en terrenos salvajes, talando millones de árboles, en plenas antiguas selvas, sotobosques, marismas, estepas, hasta lograr asfaltar y hormigonar una superficie total de pistas e infraestructuras no menor que Francia, medio millón de kilómetros cuadrados. La pesadilla ecocida. La mayoría de usuarias de aeropuertos pertenecen a la clase más depredadora existente en el planeta, la turista, que suele ser también la otra más depredadora, la carnista. Desde la defensa animal hablamos mucho de las 2500 millones de Ha de tierra agrícola desperdiciada en cebar a 53.000 millones de animales terrestres ejecutados cada año, pero se usa como dato proselitista que asombre y nada más, sin más implicación. No vemos y a menudo no queremos ver que la falta de hábitat, de espacio vital básico, es la causa absoluta de extinción de especies. La presión humana en el planeta mata varias veces más animales que nuestra propia gula. No es que haya que escoger entre comer carne o viajar, hay que eliminar las dos conductas, por ecocidas, por irracionales, por fascistas.
Siento una admiración profunda por todos los seres vivos, desde líquenes hasta grandes cetáceos, me emocionan y sorprenden sus formas, sus comportamientos, su camino evolutivo. Pero mi abrazo cálido a todas y cada una de ellas se detiene frente a mi propia especie, por pura lógica biocéntrica y puro amor a la vida. No la abarco, no la incluyo en mi amor, defiendo los derechos humanos, a cada individua, sí, pero por el bien de la vida, debemos desaparecer, paulatinamente, sin genocidios, sino aplicando un lento irse tal y como vinimos. Tal y como perdimos el camino de cooperación con la naturaleza para pasar a considerarla esclava.
Viajar no es en absoluto un ejercicio de mentalidad abierta, quizás hace siglos, cuando los viajes eran árduos y complejos, largos y lentos, incómodos y llenos de experiencias y contrastes culturales, lo fueran, pero ya todo está tan globalizado y homogeneizado que viajar carece de sorpresas para una persona mínimamente informada. Viajar es una experiencia barata de usar y tirar, un envase no reciclable espacio-tiempo, banal y carente de profundidad.
Si las turistas no pudieran hacer fotos de los lugares adonde van, ni selfies, ni comprar souvenirs; si no tuvieran a quién contar las previas a sus viajes, sus viajes y sus regresos, ni lucir camisetas con el ¨Yo estuve¨ en tal o cual lugar... ¿seguirían viajando?. Y de ello surge la segunda pregunta: ¿para quién viaja la gente?. Publican en redes una foto de un lugar y se despierta en otra gente el deseo de visitarlo, el instinto invasor. Publican una foto de un animal, y se genera la necesidad de poseerlo. Publican la foto de una chica atractiva y el deseo de violarla pulsa en el interior de millones de hombres. Esas dinámicas de querer poseer lo que vemos -como si el mero hecho de verlo ya nos otorgara derecho a algún tipo de pertenencia-, no provienen de los medios que nos lo ofrecen, sino del cerebro de quienes quieren que el mundo esté a sus pies. La enemiga del planeta es la voluntad de querer poseer y consumir. No es que seamos capitalistas, es que somos el capitalismo.
Antes de decidir que se quiere ver el mundo, debemos preguntarnos si el mundo quiere vernos. El turismo no sólo es la actividad de viajar superficialmente a lugares entendidos como superficiales, sino un cáncer metastásico colonizador de la sociedad contemporánea, que valora las relaciones triviales, las comprensiones someras, el sexo basado en mera carne, los argumentos hueros, la musculatura exterior y el amor diluido. Vivimos turisteando lo que nos rodea, consumiendo lugares y personas, quedándonos en el vestíbulo, hojeando emociones rápidas como páginas de una revista de moda, haciéndonos selfies prototipo sin saber qué estamos fotografiando en realidad. El turismo es la piedra angular de la banalidad, que usa nuestro cuerpo para balbucear. Sin pausa y sin decir nada.
Las visitas al Pantanal brasileño o en las montañas Virunga, cuyos beneficios salvan a millones de animales protegidos, evitando que las residentes humanas maten todo para comérselo (la conocida Hambre de Carne), son casos aislados y esporádicos. Se mandan a Europa anualmente en forma de soja, maiz, biodiesel, maderas y celulosas, superficies terrestres equivalentes a Chequia, manteniendo el expolio colonialista, cuya dinámica no ha dejado ni un momento de parar. Y además ocupamos las tierras con nuestro deseo de verlas, usarlas y marcharnos.
Amo viajar, siempre fui de irme a todas partes. Mi primer libro de poemas lo escribí casi integramente en la cadena de montaje de una fábrica, desde allá veía los volcanes, los manglares, el alma de los koalas, el dolor de la experimentación animal, o las selvas de donde procedían todas esas migrantes que morían tratando de llegar a la tierra donde yo vivía. Me basta cerrar los ojos para darme un paseo por Bangkok, por la estepa mongola o los llanos de la Patagonia. Viajo a la gota de rocío que pende unos minutos de la punta de una hierba al amanecer, y regreso de nuevo a mi primer beso, recorriendo la luz de aquel momento... e inmediatamente después me voy a Andrómeda a echar unas carreras. Amé viajar, sentada leyendo a Yourcenar, a Borges, a Camus, a McCullers, a Genet, a Wolf, aunque esos viajes ya no me apetecen tanto, prefiero ir con mis pies a los lugares reales, cuya belleza supera ampliamente cualquier descripción de ellos. Vivir la corteza del alerce que toco, mojarme hasta las rodillas de la lluvia que tenga a bien caerme. Amo viajar, por eso me aburren esas variantes sustitutas para perezosas que compran un billete a costa de derrames petrolíferos y la muerte de cientos de miles de aves. Amo viajar, columpiarme en la grama verde, llorar de emoción cuando un corzo me mira a los ojos antes de desaparecer en el maizal y sentir que toda mi vida es ese instante, y en realidad lo es. Amo viajar, a las constelaciones de los sentimientos que hierven en ciertas músicas, a la niebla ensortijada en un prado, a la noche silenciosa y deshabitada de una ciudad a las cuatro de la mañana. Amo viajar, a paso lento, como el jabalí ama sus pezuñas, porque le sirven para vivir. Viajar es vivir, somos lo que supimos imaginar y sentir, no lo que compramos.
Pero el turismo no es viajar. Como la piedad, se ejerce desde arriba, hacia abajo y siempre pisoteando, humillando. La cosificación de los destinos turísticos, unilateral por parte de los paises enriquecidos o voluntaria, por parte desesperada de los empobrecidos que ofrecen paisajes para consumo, hace de ellos objetos mercantiles. Culturas, naturaleza, individuas humanas y no humanas,,.. todo es mercancía. Muertas como trofeos o vivas como atracción, las riquezas naturales son expoliadas en dinámicas macho, invasivas. Por cada turista que manda un país enriquecido, uno empobrecido manda una migrante. Luego está el turismo de ver ballenas (las hélices de esos barcos hieren y matan a animales marinos), o visitar animales exóticos en santuarios, un turismo condescendiente, como el de las burguesas blancas yendo a países empobrecidos y regalando chicles a niñas desnudas, satisfechas de sí mismas, complacientes, mientras exclaman ¨son felices con tan poco...¨. O conquistar el espacio exterior (astronáutica) para seguir masificádolo con nuestra presencia. Asumamos que no somos una especie elegida, es un pensamiento supremacista, asumamos que podemos desaparecer, igual que no nos parece un destino tan descabellado cuando se trata de todas las especies que extinguimos cada año. Asumamos nuestros límites de una vez.
Cuando
se habla de un lugar deshabitado de
presencia humana, pienso en cuánta vida habrá allá. Durante
el confinamiento forzado en la pandemia de Covid, el mundo acusó un
notable despertar, no sólo en que los animales exiliados de las
zonas humanizadas regresaron a ellas, sino también en el tráfico
terrestre, aéreo y marítimo, que permitió un número más
abundante de crías, cohesión entre grupos de
calderones en Tenerife, menor
nivel de cortisol en ellos, y
que solía ser debido
al estrés del paso constante de barcos, así
como un número mayor
de nidificaciones en aves. Nuestra ausencia fue
un despertar de vida. Las Islas Canarias han perdido el 90% de peces
y el 80% de sus macroalgas litorales debido a las 17 millones de
turistas que cada año acosan y colonizan
esa zona,
clavando en sus
paisajes la bandera
del símbolo del dólar como
los soldados en el monte Suribachi,
obligando a construir más complejos hoteleros que traten de llenar
algo el estúpido
vacío emocional de
las visitantes.
La
gente entiende los paraísos desde el punto miope.
No hacen nada para preservarlos, los ingieren y los defecan en forma
de recuerdo, selfies, conversaciones… Los paisajes son bienes
sujetos a rentabilización, cosas que ¨están ahí¨ para ellas y
que, por el hecho de pagar,
existen. Nadie
inventa un paraíso, nadie lo imagina, necesitan tenerlo delante y
juzgar según sus expectativas si tal lugar merece ese calificativo.
La gente ve un solar lleno de basura y no piensa en limpiarlo,
llenarlo de árboles y arbustos y hacer su propio paraíso cerca de
casa, prefieren
viajar, polucionar. La gente es absolutamente perezosa normalizando
y aceptando
el peor de los insultos con que podemos
ser
catalogadas:
consumidoras.
Creen
que el planeta al cual hay que cuidar es ¨aquello¨, un ¨eso¨
lejano,
se
han desconectado de la realidad, aparentemente
menos espectacular de lo que nos venden. Esa
realidad de que el planeta es lo que pisamos, comemos, bebemos,
respiramos, en cada lugar, desde la casa, el barrio, el balcón o el
parque urbano. Destruimos el planeta con cada bocado de comida no
sostenible, con cada fruta tropical, con cada sorbo de agua
embotellada, con cada pedazo de carne o trago de leche, con cada
kilómetro de turismo que hacemos. Todo revierte y proviene del
planeta, somos
él, de
modo que las soluciones son estructurales y colectivas, pero sin
olvidar
que
todo
lo común es un suma de individualidades. Las personas que viajan son
ególatras convencidas de que su deseo de viajar, su voluntad de
despifarro, es más valiosa
que la destrucción que causan, la
tragedia de la extracción y distribución de petróleo,
los
gases efecto invernadero…, como
las
personas que consumen productos de origen animal son egocéntricas
que sacrifican sin pestañear a un animal a cambio del placer
despiadado de masticarlo. No,
el planeta no ¨está
allá¨,
está
aquí, tocándonos alrededor nuestro, y necesita cada vez más
deseperadamente que despertemos y cambiemos de actitud, por
eso me indigno cuando
hablo
a veganas turistas
enamoradísimas de sí mismas, acerca de sobreconsumo, del aguacate y
otros productos ¨veganos¨ de lejanía y atemporalidad, del no
viajar, etc, mientras
se
justifican con
los mismos argumentos exculpatorios de ataque (radicalidad,
descontextualización, defensa
del privilegio...)
que cuando hablo
de veganismo a carnistas.
La naturaleza paga caro las compras baratas, el precio real no es en dinero, sino en naturaleza. De todas las artes y ciencias en la historia y prehistoria de nuestra especie, las de colonizar y expoliar la naturaleza han sido las más desarrolladas. Los árboles cortados son el paisaje ideal de los genocidas, los espacios muertos que deja un supuesto progreso no son sino el despilfarro y la invasión de un imperio fastuoso. El turismo continúa el trabajo que antes hizo el ejército, invadir territorios para un supuesto bien común.